¿Qué se esconde detrás del golpe en Bolivia?

Política
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Una doctrina que de nueva tiene poco ¿Quién gana con la inestabilidad? Las “primaveras y el enemigo chino. Para un capitalismo en crisis, romper un país no cuesta nada.

“Los militares han adoptado un nuevo rol en América Latina y se han convertido en garantes del orden constitucional frente a los reclamos de las sociedades”. La frase fue dicha –públicamente- hace apenas dos meses por el senador republicano Tom Cotton, quien integra el Comité de Fuerzas Armadas del Capitolio, desde donde es uno de los más prominentes articuladores políticos del complejo militar-industrial estadounidense.

A la hora de avalar esta aseveración, Cotton citó lo que pasaba en esos días en Ecuador y Chile, y recordó que los altos mandos militares de esos países recibieron formación en el Pentágono.

La mirada del senador por Arkansas vuelve a tomar relevancia, sobre todo, a raíz del abierto respaldo que le dio Donald Trump al golpe perpetrado en Bolivia y a sus ejecutores.

La postura de Washington no es nueva, pero no por eso deja de ser muy peligrosa. Lo novedoso es que quien ahora es presidente de EE.UU., dice –y hace- sin pudor, lo que siempre hicieron más o menos solapadamente sus antecesores.

“En catorce años hemos tenido trabas a la inversión privada”, se quejó José Luis Parada a poco de ser designado ministro de Economía del gobierno de facto que encabeza Jeanine Áñez, tras lo que definió que “vamos a sentar las bases para una apertura de la economía nacional, para atraer inversiones y que el próximo gobierno continúe con esto”.

Nada de esto sorprende. Parada es el mismo que cuando era secretario del área en el departamento de Santa Cruz, fustigaba públicamente al gobierno central por lo que consideraba una “pésima la administración de recursos”.

¿Pero de qué habla Parada? Sin dudas se refiere al proceso de distribución progresiva de excedente que lideró Evo Morales, acompañado de otro de ampliación de derechos ciudadanos, civiles y humanos.

Una respuesta también la da su par de Gobierno, Arturo Murillo, quien anunció la creación de un “aparato especial de la Fiscalía” para detener a legisladores y simpatizantes del MAS a quienes tildó de subversivos.

Queda claro que más allá de la “salida institucional” que se le pretenda dar al golpe, las masacres y la abolición de derechos humanos y civiles, buscan torcer un proceso que formalizó la Constitución del Estado Plurinacional, que es muy clara cuando se refiere a la propiedad de recursos naturales como hidrocarburos, gas y litio.

En este punto es preciso señalar que uno de los pilares del éxito macroeconómico de las presidencias Morales, se basó en la utilización estatal de esos recursos, así como en la estabilidad, reglas claras y garantías que brindó a la inversión de capital privado local y multinacional.

¿Entonces por qué destruir ese proceso? Al revisar quiénes son los actores ejecutores del golpe aparece lo peor de lo más concentrado de una matriz económica primarizada, asociada a sectores urbanos racistas, fundamentalismo pentecostal y grupos ligados a la narcoproducción.

Todos tienen un factor común: perdieron privilegios durante los años en que Morales ejerció la presidencia. Pero también todos coinciden en que sus intereses –pequeños y mezquinos- se favorecen con una libanización del Estado Plurinacional, que llevaría a que Bolivia vuelva a ser lo que fue antes de 2006.

Ahí también aparecen las Fuerzas Armadas, a las que el Gobierno Morales les dio un papel importante en el proceso de nacionalización de los hidrocarburos pero que, está claro, siguen respondiendo a una matriz corporativa ligada a EE.UU.

Pero lo que sucede ahora en Bolivia no es un problema exclusivo de ese país.

El que se perpetró contra Hugo Chávez en 2002, inauguró en la región una saga de ocho golpes de Estado y en todos los casos, con gobiernos demócratas o republicanos, EE.UU. estuvo detrás. También, en cada caso, los uniformados jugaron un papel.

Ahora mismo, a sangre y fuego, las Fuerzas Armadas y policiales están terminando la tarea que bandas paramilitares comenzaron bastante antes de que se consumara el golpe.

Y lo hacen con la cobertura de apariencia legal que pretende darle un gobierno ilegítimo. El volumen y la selectividad de masacres como la perpetrada el viernes pasado en las proximidades de Cochabamba, da cuenta de que se está en el umbral de un genocidio.

La soberbia de clase que exhibe Jeanine Añez y la banda que usurpó el gobierno, le impide advertir que, en este tablero, son apenas peones al servicio del capital y que -como tales- el día que haya que rendir cuentas, los que se sienten en el banquillo serán ellos y nunca sus mentores.

 

Disputa

 

Lo que ahora mismo pasa en Bolivia no se puede pensar aisladamente del contexto regional y global. Pero también debe mirarse como parte de la reacción a los procesos que se desarrollaron en la región durante las dos primeras décadas del siglo, que avanzaron en la ampliación de derechos liberales e incluso en aspectos vinculados a la democracia económica.

Por eso es prudente advertir cómo incide el golpe perpetrado en Bolivia, en la dinámica, ritmos y desarrollo de la integración de una región que sigue siendo un territorio en disputa.

Es que en la epidermis de este caso aparece la disputa –abierta y simbólica- contra el imperialismo.

Con Morales, Bolivia fue protagonista del intento de construcción de herramientas regionales autónomas respecto a EE.UU.

Pero también el Estado antagonizó, desmitificó y horadó mucho del poder de lo más concentrado de la burguesía local y su mirada mercantil-cortoplacista que –necesariamente- se nutre de la desigualdad socioeconómica y la subordinación y delegación de soberanía –básicamente- hacia Washington.

Wesley Clark es general del Ejército de EE.UU. y, como tal, fue comandante supremo de la Otan durante la Guerra de Kosovo.

Es quien reveló que al entrar al siglo 21, su país tenía diseñado el plan que llevaría a desestabilizar y provocar la violencia que destruyó al Estado libio, llevó a la presidencia al golpista Al-Sisi, provocó las invasiones de Irak y Afganistán, la guerra civil en Yemen y la desestabilización del Sahel.

Con documentación en mano, Clark exhibió el plan que siguió con Irán y Siria, formaciones estatales que desde entonces fueron hostigadas por EE.UU. y Estado Islámico con el financiamiento de Arabia Saudí.

A riesgo de abonar teorías conspiranoicas, vale señalar que es asombrosa la similitud entre estos casos –también el de Ucrania- con aquello que desde hace más de una década padece Venezuela y lo que pasa durante estos días en Bolivia.

Con rascar un poco en la génesis de cualquiera de estos conflictos, aparecen multinacionales con contratos para destrucción con el empleo de armamento que sale del complejo militar-industrial-financiero, que también engorda con otros destinados a la reconstrucción de lo que acaban de romper. Y, en el medio, todo el producido que deja movilizar y abastecer a miles de soldados con un menú que va desde armamento a latitas de Coca Cola y mercenarios paramilitares.

Ahí aparecen impúdicamente asociados, redes financieras parasitarias con corporaciones más ligadas al imperialismo tradicional como S&P, la Banca Rotschield, Cargill y Monsanto, JP Morgan, Exxon y Halliburton. Y, por supuesto ONGs siempre dispuestas a dar una mano.

 

Zonificación

 

¿Pero será sólo eso? Un documento desclasificado por el Pentágono durante 2004, avanza sobre el concepto de Doctrina de la Libre Defensa Anticipatoria y plantea como objetivos a las “amenazas” que constituirían para EE.UU. “terrorismo, armas de destrucción masiva y Estados delincuentes”.

Ahí también se especifica que la finalidad es “disuadir a los competidores militares” y, para ello, como en un juego TEG, Washington divide el planeta en zonas estables e inestables. El club de los estables lo integrarían básicamente los miembros del G-20 más el resto de Europa, mientras que los demás son todos pasibles de entrar en la categoría de “Estado delincuente”.

Y, vale aclararlo, desde esa mirada, para las formaciones estatales de la periferia capitalista que entran en ese club, la estabilidad son cosas como Macri o Bolsonaro.

Es que la idea es que incluso los países de las “zonas estables” a las que se les permitiría alcanzar algún tipo de desarrollo, no puedan asociarse en bloques que pudieran antagonizar con la hegemonía de EE.UU. o manejarse con autonomía.

Así las cosas, lo que allá por 2004 podía aparecer como rocambolesco, se fue convirtiendo en una realidad terrorífica que cambió drásticamente la situación de una franja que va desde el Magreb casi hasta las fronteras de Rusia y la República Popular China (RPCh).

Ahí, de la mano de las “primaveras de colores” se destruyeron formaciones estatales exitosas, en un proceso vertiginoso que sólo la intervención directa de Rusia en Siria logró equilibrar.

Los procedimientos empleados para detonar todas estas “primaveras”, son asombrosamente similares a los desplegados durante los últimos años en Venezuela y Bolivia.

Construcción de falsas noticias, utilización del aparato judicial, irrupción de ONGs, atentados de falsa bandera que provocan víctimas fatales u ofenden símbolos nacionales o religiosos, denuncia de algún  organismo internacional presuntamente imparcial y, finalmente, Guerra de Perros. Todas son herramientas del manual del Pentágono que aparecen en todos estos casos y que se verifican –también- en el golpe de Bolivia.

Durante los meses previos a las elecciones, cadenas estadounidenses y europeas machacaban incesantemente con el “peligro de fraude”.

Cuando todavía se estaban contando votos, la posición de la OEA le echaba combustible a una situación en la que los “cívicos” con Luis Camacho a la cabeza, comenzaban su marcha hacia La Paz. Simultáneamente se denunciaba que adherentes de Morales habían asesinado personas, algo que era amplificado por medio de redes sociales y la massmedia que le daba espacio a testigos falsos, al tiempo que uniformados y parapoliciales pisoteaban la Wiphala.

La similitud de esta sucesión de hechos con lo que pasó en Libia, Siria o Ucrania es relevadora. Lo loco es que la maniobra sigue funcionando.

 

Escenarioso

 

Es ingenuo intentar comprender qué pasa en Bolivia, sin tener en cuenta cómo encaja aquello en el escenario geopolítico, geoestratégico y geoeconómico global.

Hablar de EE.UU es hacerlo de una complejidad que excede el objetivo de este artículo. Pero vale señalar que las características de sus presidencias, suelen reflejar el punto en que se encuentra, en ese momento, el equilibrio del poder real sobre el que descansa aquel que –como les gusta decir- es el inquilino de la Casa Blanca.

Y que ese poder real está integrado –fundamentalmente- por una burocracia estatal compleja, varias agencias de Inteligencia, las Fuerzas Armadas y el complejo militar-industrial-financiero-massmediático.

La llegada de Trump representó cambios en ese equilibrio, que tienen su correlato en movimientos geoestratégicos con los que busca sostener su hegemonía respecto a Rusia y la RPCh.

La mirada que durante los años precedentes estableció como campo de batalla a África y -sobre todo- Asia Occidental, parece correrse hacia América Latina que –así- entra en una zona de riesgo, donde se amenaza con pasar de la violencia económica a la violencia militar.

¿Tendrá algo que ver todo esto con la puja existente entre diferentes facciones que disputan el perfil capitalista para el siglo 21?

Aquí vale recordar que a partir de que el capitalismo se constituyó como una economía-mundo, bajo su órbita, política y economía son un tándem destinado a garantizar la acumulación de la clase capitalista. Desde esa mirada, el mundo cada vez más interconectado es un coto de caza para explotar personas, recursos y mercados.

Pero también hay que volver a recalcar que el capitalismo necesita de la guerra y esto no es sólo una frase. Por eso en esta fase de su Crisis de Larga Duración, mueve fichas y profundiza la violencia económica y militar.

Todo en un escenario en el que  pujan las facciones existentes hacia adentro de la propia élite capitalista que –aunque imbricadas- tironean entre la imposición de un modelo imperialista clásico y otro que promueve la reducción del poder estatal hasta convertir a los estados nacionales sólo en estados policiales que garanticen –fundamentalmente- el negocio financiero global.

De esto va lo del modelo “productivista” o aquel “financiero”. Los dos son capitalismo en su pura esencia y, por lo tanto, los dos son criminales.

En este esquema de economía-mundo, el elemento disruptivo es la RPCh que, desde una mirada diferente a la capitalista, durante las últimas décadas avanzó en disputa de espacios de hegemonía, algo que se verifica –entre otras cosas- en América Latina. (Ver NP diario de noticias, Todo llega...también el G-20).

Sólo la RPCh pudo construir condiciones para relevar a EE.UU. en el lugar de potencia hegemónica global, esto es, para poder convertirse en potencia geoestratégica, geoeconómica y geopolítica.

¿Qué quiere decir esto? Es la capacidad de hacer prevalecer sus decisiones o actuar operacionalmente y simultáneamente en todo el planeta, algo que los estrategas de este país prevén será posible ya durante 2025.

Su articulación con Rusia es vital para este objetivo, ya que –entre otras cosas- la pone a las puertas de Europa. Pero asimismo, lo es la toma de posiciones que viene desarrollando desde hace tiempo en África subsahariana. Pero también en América Latina, donde destina asistencia financiera –como el caso del swap con Argentina- e inversión tendiente a mejorar cadenas que agregan valor y abaratan procesos productivos.

Esto se verifica también en fusiones y adquisición de empresas latinoamericanas en un abanico diverso que incluye, logística, comercio, compra de bienes raíces para alquiler, servicios financieros y producción manufacturera.

También para el financiamiento de obras de infraestructura, donde entidades como Export-Import Bank of China y Development Bank cuestionan la tradicional hegemonía del capital transnacional con origen estadounidense y europeo que, durante décadas, prevaleció en la región.

Esto que significa beneficios concretos para nuestra zona, también la pone en el ojo del huracán.

¿Pero por qué Bolivia? Una explicación está en sus recursos naturales en los que el litio tiene un lugar preponderante. El Gobierno Morales avanzó en proyectos que deberían desembocar en la industrialización de este mineral, y lo hizo con empresas de la RPCh y la República de Corea.

¿Pero esto puede explicarlo todo? El golpe de Estado en Bolivia tiene policausalidad. Pero se destaca el sentido pedagógico que posee para una región que, aún con contradicciones, no hace mucho estuvo atravesada por gobiernos que cuestionaron la mirada neoliberal del capitalismo y avanzaron en la construcción de espacios de articulación.

Pero asimismo, porque Bolivia está en la zona desestabilizable, por lo que su balcanización sería menos complicada para el orden capitalista que la de formaciones estatales como Brasil o Argentina.

En este esquema, Bolivia es un eslabón de los más débiles, pero también supo ser un gran cuestionador de ese lugar que le asignan y, por lo tanto, un ejemplo peligroso.

Por eso, el golpe de Estado perpetrado en Bolivia encaja en todos los manuales de la normativa que elabora el poder real que tiene su máxima expresión estatal en EE.UU. Es preventivo y pedagógico, para la región y en términos de la disputa que EE.UU. tiene con la RPCh, al tiempo que –y esto es terrible- busca destrozar la unidad estatal y plurinacional, algo que no traería demasiados costos en términos de estabilidad para las facciones en puja hacia adentro del sistema capitalista.

Asimismo, este golpe permite ver con claridad aquello de que el sistema capitalista lleva sus límites en su propio ADN. Es que la revalorización y acumulación del capital es en sí un límite propio, tal como lo es la búsqueda infinita de beneficio que entra en contradicción con la finitud del ecosistema y, sobre todo, con la de las propias personas. Por eso la dinámica de explotación toca sus límites y a la vez se vuelve más violenta.

Lo que pasa en Bolivia y la región permite advertir que el momento de la crisis del capitalismo en el que estamos no es otro de tantos y que, por eso, se vuelven más lábiles los acuerdos sociales tendientes a reestructurar a las diferentes facciones del universo del capital y –más todavía- a armonizarlas con el universo del trabajo, como así los pactos democráticos que le sirven de marco.

Y vuelve a exhibir que la clase capitalista está dispuesta –como tantas veces- a echar mano a todas las herramientas del Estado Liberal Burgués para garantizar su preeminencia.

Porque, a fin de cuentas, la doctrina de Cotton no es otra cosa que un correlato de aquello que Adam Smith y James Madison postularon hace más de dos siglos cuando –cada quien a su tiempo- coincidieron en señalar que el capitalismo es un sistema creado para proteger a la propiedad privada individual y a sus poseedores, de aquellos que no la tienen. A buen entendedor, pocas palabras.