Domingo, 26 Marzo 2017


Río+20: la mascarada verde PDF Imprimir E-mail
(La Conferencia de Naciones Unidas sobre "el cuidado del planeta", por Arturo M. Lozza)
E
l sentido revolucionario de la Pachamama frente al capitalismo que se disfraza de “ecológico” para seguir depredando.



¿Qué decidirán los representantes de los gobiernos acerca del cuidado del planeta en Brasil? A un mes de la conferencia de Naciones Unidas Río+20, el Grupo de Articulación de la Cumbre de los Pueblos verificó que “no se ven resultados positivos” del proceso de negociación que se está realizando en la conferencia oficial. Allí -agregó- no se está discutiendo un balance del cumplimiento de los acuerdos tomados en Río 92, ni cómo cambiar las causas de las crisis económica, ambiental y social. El foco de la discusión, por el contrario, es un paquete de propuestas llamado engañosamente “economía verde” y la instauración de un nuevo sistema de gobierno ambiental internacional que lo facilite.


Es evidente que en medio de su peor crisis, el capitalismo, culpable directo de las depredaciones, pretende esconder su culpabilidad detrás de una máscara verde: se disfraza de “ecologista” para seguir castigando al planeta Tierra, explotando y discriminando a un lado y a otro, a las mayorías humanas y al complejo sistema de la naturaleza. Más que nunca, están a contramano de lo que indica la historia. Los tiempos son otros, las ideas cambian. Ya no puede considerarse a la Tierra como algo inerte, como cosa sin sensibilidad a la que debe dominarse como “condición sine que non” de la sobrevivencia humana.


Esa supeditación de la Tierra al segmento humano privilegiado ha sido concepción dominante desde tiempos remotos de una cultura emanada del dominador, y que a pesar de los años, de las luchas, de la evolución de las ideas, de los genocidios desatados en su nombre, sigue en la práctica impregnando la actualidad y la negociación en Río+20.


Las ideas de la “dominación” de la naturaleza nacieron con el colonialismo, y se desplegó en la etapa imperialista, global y neoliberal, luego de atravesar su expresión más trágica, que fue el nazismo con su teoría de la “geopolitik”, que llegó al colmo de establecer “fronteras vivas”, es decir, una tierra cuyo dominio debe ser movible ya que -se señaló- existen razas superiores que necesitan de “espacios vitales” para tener a disposición más mercados y más recursos naturales para alimentar a sus capitales concentrados. En gran medida, esta “geopolitik” sigue presente, la practica el capitalismo con sus Tratados de Libre Comercio (TLC) en América latina y el Caribe, o cuando bombardea y ataca a poblaciones como en Libia, Irak, Siria…  


En sentido opuesto, hoy cada vez son más los que sostienen lo contrario, que la Tierra puede carecer de sistema nervioso, pero es el gigantesco generador de la vida, es la Pachamama, es algo tan formidable en su quehacer, que si se la sigue dominando, dañando, o depredando, sobrevendrán fenómenos apocalípticos o, simplemente, llegará el momento en que la Tierra, la Pachamama, hará desaparecer al humano de su superficie para que la generación de vida y la evolución siga su curso natural sin la presencia del gran depredador.


Desde esta mirada -que obviamente no parte de los países centrales dominantes sino de los territorios explotados de la periferia y de pueblos originarios cuya cultura no pudo ser aniquilada pese al colonialismo y sus genocidios-, la Tierra debe ser también sujeto de derechos, de normas, en un equilibrio de cooperación entre el planeta, y su naturaleza, con sus “reinos” vegetal, animal y el humano.


Extensión de una cultura originaria de pueblos andinos, por ejemplo, nacieron las nuevas Constituciones Nacionales en Ecuador y Bolivia donde, desde sus plataformas básicas, se condicionan los articulados “celebrando a la naturaleza, a la Pachamama, de la que somos parte y que es vital para nuestra existencia” (Preámbulo-Ecuador). Esta convivencia con la naturaleza -agrega- será el fundamento para alcanzar el “buen vivir”, o como se dice en quecha, el sumak kawsay.


En las dos Constituciones, la Tierra es un sujeto de derechos, y no se trata -como dice el doctor Eugenio Zaffaroni en La Pachamama y el humano -de negar la utilización de la naturaleza y de las técnicas, sino que exige respeto a todo lo humano y lo no humano, y “enfrenta decididamente al suicida festival del mercado encarnado en un capitalismo desenfrenado”.


Por supuesto, es una visión distinta a la que puede tener un señor capitalista y una cultura que fue dominante durante siglos, y que no se trasforma solo con conferencias internacionales movidas por el miedo al “fin del mundo”, sino con participación de los pueblos en el cambio, con ideas, debates profundos en la sociedad, y lucha. Porque habrá que cambiar textos de enseñanza, normas jurídicas y la propia  cotidianeidad saturada de consumismo. Hablamos de una sociedad distinta donde el concepto de “dominación” tendrá que ser suplantado por el de “cooperación” con la naturaleza, idea que busca abrirse paso y que hoy impregna básicamente la convocatoria a la Cumbre de los Pueblos por Justicia Social y Ambiental, que se desplegará del 15 al 23 de junio en Río de Janeiro, paralela a los finales de Río+20.


Es apasionante verificar cómo se van desarrollando en nuestra época -y especialmente en América latina y el Caribe- las concepciones políticas y filosóficas. Actualmente asistimos a un hecho enriquecedor del pensamiento revolucionario: la lucha de clases contra la explotación del hombre por el hombre pasa a ser coincidente e inseparable de la lucha del humano explotado en defensa del planeta Tierra y su ámbito natural.
La convocatoria a la Cumbre de los Pueblos, precisamente, coloca en un mismo plano la pelea contra los agrotóxicos, contra la explotación irracional de la minería, y la contaminación de todo tipo, como algo inseparable del combate al capitalismo que concentra la riqueza y produce, con sus formas clásicas y renovadas de dominación,  desigualdades sociales, desempleo, violencia contra los pueblos y criminalización de los que lo denuncian.


Nada en la “economía verde” que promueve hasta ahora Río+20 -nos dice el Grupo de Articulación- cuestiona o sustituye la economía basada en el extractivismo y los combustibles fósiles, ni sus patrones de consumo y producción industrial, sino que extiende la economía explotadora de la gente y el ambiente a nuevos perfiles, alimentando el mito de que es posible un crecimiento económico capitalista infinito.
Y agrega que ese modelo económico, ahora disfrazado de verde, pretende someter todos los ciclos vitales de la naturaleza a las reglas del mercado y al dominio de una tecnología perversa, a la privatización y mercantilización de la naturaleza y sus funciones. Agreguemos que la promoción de esa “economía verde”, que comandará un organismo ambiental internacional, tendría el protagonismo del Banco Mundial y de las bancas internacionales, con lo cual, bajo el manto verde, se impulsará el mayor endeudamiento de los pueblos y el statu quo.


Al final del camino, la síntesis, como epílogo de lo dicho y de lo que se dirá en la Cumbre de los Pueblos, sería la siguiente: o la mayoría de los humanos terminamos con el sistema capitalista y sus formas colonialistas e imperialistas, o el capitalismo terminará con el género humano. Y lo más probable, en este caso, es que la Tierra siga andando sin pausas, como gigantesca Pachamama, pero sin nosotros. Tendrá nuevos hijos.
 

 

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