Viernes, 24 Marzo 2017


Restricción externa: el eterno retorno PDF Imprimir E-mail

(Editorial de Nuestra Propuesta del 8 de noviembre de 2012)

Las soluciones caen fuera del sistema, por lo que es tiempo de involucrarse en un proyecto de transición que siente las bases para transformar, de una vez para siempre, la estructura capitalista dependiente, la verdadera madre del borrego.

Se acerca el fin de año y la situación económica tiende a complicarse. Los economistas, sean defensores de las políticas en curso o viejos escuderos del neoliberalismo emiten sus diagnósticos y proyecciones, obviamente contrapuestos, pero llama la atención que todos comparten la tendencia a explicar el todo por la parte. Aun con sus diferencias, presentan la economía de un país como una sucesión de momentos (mejores o peores) y no como un proceso que se desenvuelve históricamente y condicionado por la confrontación de intereses entre las naciones imperialistas y los países del capitalismo dependiente, estos últimosa su vez cruzados por su propia lucha de clases. Todos están a la pesca de un número, una estadística o una circunstancia fortuita que demuestre la razonabilidad de sus previsiones para el ciclo 2013. Sean burgueses reformistas o reaccionarios, el fondo de la cuestión es que en última instancia todos comparten una misma matriz de pensamiento fundada en las relaciones de producción imperantes. Y es sabido que si en algo se ha distinguido la burguesía es en instalar una falsa conciencia absolutamente funcional a su reproducción como clase, basada en innumerables mitos que se cuelan en el pensamiento de todos, incluso de los bien intencionados que se creen vacunados ante tal posibilidad.

Estructura y coyuntura

Cuando los males que se creían superados reaparecen tozudamente, como por ejemplo la virtual escasez de dólares para solventar deuda e importaciones, pasa que se cruza lo temporal con lo estructural poniendo en crisis las certezas teóricas. La primera consecuencia cuando surge la duda es que pierden fuerza los impulsos progresistas y muchos dentro del oficialismo se vuelcan a las recetas tradicionales, aun cuando nominalmente las cuestionan.

Al reaparecer el problema que se creía superado toma relevancia la puja sobre modelos de desarrollo que se ha reinstalado en el escenario político, con movilización de masas incluida (8N). Entonces afloran las contradicciones dentro del gobierno, que intenta capear el temporal a puro voluntarismo, pero carente de definiciones estratégicas, desplegando una serie de medidas de ocasión, algunas literalmente correctas, pero desarticuladas (control de cambios e importaciones, recuperación parcial de YPF, etcétera) a la par de inaceptables concesiones al empresariado (Ley ART). El saldo de tales acciones es cierta solución del corto plazo que da aire en la coyuntura, pero hipoteca el futuro. En definitiva, el oficiar de bomberos es lo que se impone al no haber realizado las transformaciones necesarias cuando las condiciones eran las oportunas porque se gozaba de apoyo popular, holgura fiscal y un ingente ingreso de divisas. En este marco y en vísperas de la movilización de derecha, cabe señalar que la legítima arremetida contra el Grupo Clarín que fogonea el gobierno aparece como un capricho o una venganza política y no como parte de una confrontación más global que debe dirigirse contra el total de las corporaciones y monopolios. Al respecto sería bueno dejar de referirse a “la corpo” como si fuera un hecho único y denunciar a “las corporaciones”, expresión del creciente grado de concentración y extranjerización de nuestra economía.

El tiempo pasa y nos podemos quedar solos

Es incuestionable que a partir de la crisis de 2008 se empezó a angostar el margen de acción para promover una alianza entre los trabajadores y las pymes que fuese soporte social de una pujante acción estatal por sobre la regulación y el arbitrio de la economía. Nos referimos a un Estado empresario que tomase en sus manos lo que por la inexistencia de una burguesía nacional nunca se hizo, desarrollar las fuerzas productivas con sentido soberano y justicia distributiva.

Con el pasar del tiempo tal meta se complejiza, en primer lugar porque requiere disputar con el capital concentrado que hegemoniza el 80 por ciento del aparato productivo y financiero y retomar el control y la dirección total de las empresas estratégicas. Es difícil, pero hay con qué empezar. Se cuenta con el apoyo electoral (variable relativa) y con una correlación de fuerzas favorables en las cámaras lo que ofrece inigualables posibilidades para imponer un conjunto organizado de políticas, un programa o plan, mayormente encaminado a establecer un marco político e institucional de soporte para encaminar la especialización comercial e industrial que un modelo soberano requiere. Para ello el principal énfasis debe ponerse en estimular la producción de bienes de capital como eje de un obligatorio proceso de sustitución de importaciones y en la diversificación de las exportaciones a partir de equilibrar el peso que impone el alto valor de los productos agrarios en desmedro de los industriales. Solo así se podrían contrarrestar los efectos paradójicos que devienen de los buenos precios de las materias primas, que al ser fuente creciente de divisas propician tendencias a la primarización, lo cual lamentablemente da aire a los abanderados del modelo agroexportador.

La dura experiencia que deviene del carácter dependiente de nuestra estructura, ha mostrado en la última década que así como el país se benefició en términos macroeconómicos, porque la extraordinaria demanda mundial de alimentos y los favorables términos de intercambio permitieron que se supere transitoriamente la restricción externa, hubo ciertos deslizamientos de la decisión política a recostarse demasiado sobre esa única vía, alimentando el despliegue sojero y restarle atención a la profundización del intento industrializador que tuvo su primer momento virtuoso en 2003, al desplazar a la valorización financiera del centro de la lógica de acumulación capitalista.

En síntesis, el no definir cabalmente el tipo de industria a desarrollar y su íntervinculación con el sector agrario, más una correlativa nueva matriz energética y de transporte y además el carácter de la inserción del país en el comercio internacional, ha llevado a que la revalorización de los sectores productivos que protagonizó el kirchnerismo en su primera etapa haya quedado inconclusa y limitada a sectores procesadores de materias primas y armaduría automotriz, este último ultradeficitario.

Por tal motivo, aun cuando el kirchnerismo supo generar una dinámica de crecimiento y progreso social sustentado en la expansión del mercado interno y respaldado por magníficas condiciones externas, el atraso en introducir transformaciones radicales en la matriz productiva ha tenido como resultado que a la par del fuerte crecimiento del PBI se disparó por encima de lo sustentable la demanda de productos importados y energía, con un alto componente de bienes de capital e intermedios que no fueron sustituidos oportunamente y son necesarios para el funcionamiento de la industria. Vale como ejemplo que mientras las exportaciones en el tramo 2002/2011 aumentaron a una tasa anual promedio del 13.8 por ciento, las importaciones alcanzaron un 26.4 por ciento, es decir, casi el doble. Hoy, si bien es constatable que a nivel de cifras esta situación se ha morigerado, por obra de los controles cambiarios y las trabas a las importaciones, ha sido un triunfo pírrico ya que las políticas aplicadas han inducido un freno en la actividad económica, con mayor impacto en los segmentos más débiles de la cadena industrial que son los generadores de empleo, lo cual se suma a los inentendibles recortes a la obra pública (en los últimos tres meses se evidenció un marcado descenso de la inversión en este frente) y al ajuste contractivo sobre los bolsillos populares que generó el atraso en resolver paritarias, ganancias y actualización de planes sociales.

De ahí que suena hueco que se presente como un éxito haber alcanzado durante este año un superávit comercial de once mil millones de dólares, porque el lado oscuro es la incertidumbre que generan las últimas estimaciones del Indec con respecto a la continuidad de la racha negativa de la actividad industrial y la construcción, lo cual juega a favor de los sectores retardatarios que insisten en que la solución pasa por devaluar, volver al mercado de capitales, captar inversiones extranjeras y dedicarse a agregar valor a los recursos naturales.

Dónde está el problema

Queda así expuesto que el problema de la restricción externa esta vez no es repetición de épocas pasadas donde el comercio internacional era desfavorable para los productores primarios y los gobernantes optaban explícitamente por ajustar a la población, sino que este mal endémico reaparece por la falta de un plan rodeado de movilización social, que proponga políticas activas articuladas en una estrategia nacional de desarrollo, dirigidas a romper con el esquema capitalista dependiente que engendra la circularidad que significa no salir de la alternancia entre etapas de virtual avance y recurrentes retrocesos. Lo que pone en evidencia que el crecimiento de una economía no es de por sí sinónimo de desarrollo y mucho menos de equidad e igualdad en el usufructo de la renta nacional.

A esa ciclotimia irresuelta se refiere la frase “stop and go” que suelen utilizar los variopintos economistas heterodoxos cuando quieren describir los ciclos con que históricamente se ha desenvuelto la economía argentina.

Una observación acertada pero sin mayores precisiones en cuanto a las razones por las cuales se ha cristalizado una estructura productiva desequilibrada y regresiva que tiende constantemente a consolidar la hegemonía de los sectores más concentrados y extranjerizados del entramado económico, que son los que además fueron secando de dólares al país mediante la incontrolada remisión de utilidades al exterior y también con prácticas ilegales de sub y sobrefacturación, hoy todavía en uso para sortear los controles que fueron aplicados durante 2012.

El estancamiento relativo del crecimiento y formalización del empleo y la espiral creciente de precios y salarios muestran, más allá de voluntarismos discursivos, un techo hasta ahora infranqueable por el kirchnerismo, que intenta, pero no logra, establecer políticas de ataque para resolver el problema en un sentido nacional y popular. La pregunta es si esto es así porque la solución cae fuera del sistema, lo que implicaría cruzar la línea que separa la autorreferencialidad burguesa para involucrarse en un proyecto de transición que siente las bases para transformar de una vez para siempre la estructura capitalista dependiente, la verdadera madre del borrego.

Dichos y hechos

Por honestidad intelectual y actitud militante nuestro posicionamiento no puede dejar de ser crítico, lo cual nos obliga a confrontar dichos con hechos y con procesos. Por eso, sin duda nos alegramos de que el viceministro Kicillof, en ocasión de la presentación del presupuesto 2013 en el Senado, haya dado un paso más adelante de cuando estuvo en la Cámara Baja al afirmar que el objetivo principal de la administración kirchnerista es “revertir la etapa neoliberal” y “reindustrializar el país”, al tiempo que aclaró que no hubo país que lo haya logrado “sin la fuerte presencia del Estado”. Pero se nos abre un espacio de duda al constatar los atrasos referidos, las medidas a contrapelo y tampoco observar avances en el diseño de un plan maestro. Por el contrario, lo que hay es una sucesión de medidas de ocasión, algunas en la dirección correcta y otras francamente a contramano, que señalan que no hay unanimidad dentro del grupo de funcionarios que deciden las políticas.

Es sin duda tiempo de decisiones y apostamos a que el espacio de Unidos y Organizados sea ámbito de debate de esta problemática y motor de los cambios.

 

 

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