Domingo, 26 Marzo 2017


Lo que no se mata reverdece PDF Imprimir E-mail
(Editorial de Nuestra Propuesta del 7 de marzo de 2013)
El 2012 terminó con una abrupta desaceleración de la economía y la degradación de variables macro fundantes del modelo kirchnerista (ver Balance y Perspectiva NP nº1092). En 2013, entre lo que ya viene torcido y lo que mal se replica del año pasado en políticas laborales, es de esperarse un escenario con escaso margen de tiempo y maniobra para definir y activar  un plan integral de gobierno y una estrategia de desarrollo, en dirección a consolidar las tendencias progresistas que se mostraron desde el 2003 y que desde el 2012 en adelante han sufrido las consecuencias de una repentina opción del gobierno por algunas prácticas ajustadoras de tipo “ortodoxo”. 
Es imposible desconocer que el pasado año se recortó por el lado de los ingresos populares, cuando lo justo hubiera sido “capturar” para la re-inversión productiva y la re-distribución social las ganancias astronómicas que embolsan las 500 empresas (70% trasnacionales) que lideran la economía. Además, excepto la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central (BCRA), se continúa posponiendo la generación de una “nueva normativa” y la ejecución de una serie de transformaciones (tributaria, finanzas, comercio exterior, minería, etc), para que el modelo nacional y popular recupere su alicaídos brios. En ese sentido, es desmovilizante la renuncia explicita de la Presidenta, ratificada durante la apertura del año legislativo, a impulsar una reforma constitucional de la cual lo referido a la reelección no debiera ser lo principal sino que una nueva Carta Magna es indispensable para consolidar los avances en el área social y desactivar la legalidad neoliberal que aún protege el latrocinio de los sectores concentrados del capital.
En síntesis, que el futuro sea sinónimo de mayor soberanía y justicia social, depende de que sin anteojeras se realice un diagnóstico correcto y, correlativamente, se tomen decisiones orientadas a reencauzar el rumbo y a la conformación de un bloque político-social con amplio debate y protagonismo, caso contrario, la restauración neoliberal seguirá su marcha.    

El golpe de los índices
El PBI creció durante 2012 un escaso 1,9 % en contraste con el 8,9 % del año 2011. Sin duda una caída abrupta, que además porta una novedad extremadamente preocupante: una gran parte del 1,9 lo aportó el sector financiero, el que año a año se ha ido reposicionando como un protagonista de peso en la economía nacional, con alto poder de veto y lobby. No es un detalle más que en 2012 este sector, que fue hegemónico durante la etapa neoliberal, haya crecido un 18% y que haya obtenido una rentabilidad de cerca de 20.000 millones de pesos en el mismo período que gran parte de las actividades presentaran un crecimiento nulo o negativo. El caso mas notorio, porque impactó en el factor empleo y salario, es el de la industria, en particular la construcción que ya lleva más de un año de derrape pese a que se lanzó el plan de viviendas Procrear, operatoria que por ahora no parece tener el volumen y la masividad necesaria para hacer repuntar al sector. Pero además hay que denunciar que las gruesas ganancias del sector financiero se explican como producto del cobro de intereses, es decir, pura especulación que favorece a una banca mayoritariamente extranjera. 
La pregunta es por qué vuelve la valorización financiera a tomar preponderancia por sobre los sectores productivos, lo cual cuestiona una de las banderas señeras del kirchnerismo. La respuesta está enmarcada en la inercia interpretativa del Ejecutivo para evaluar las inconsistencias del modelo y en la insistencia a emitir diagnósticos que ubican las causas del frenazo exclusivamente en factores externos derivados de la crisis internacional. Sucede que esta evaluación, que en parte es correcta por el impacto de la también retraída economía brasileña, deja de lado las causas internas derivadas de la carencia de una estrategia de desarrollo global liderada por el Estado, que de existir hubiese impedido las serias desviaciones contractivas que causaron enorme daño durante 2012. Viene al caso que, en igual período y en igual contexto mundial, las economías de Ecuador, Venezuela y Bolivia crecieron mediante políticas expansivas del gasto público en un promedio del 5%. 
Pareciese que no se toma debida cuenta de que el modelo productivista generador de empleo e inclusividad  ya en 2007 comenzó a mostrar una tendencia al estancamiento. Y que parte nodal del problema radica en el esquema original del kirchnerismo, donde la producción quedó en manos del sector privado, altamente concentrado y extranjero, el cual era obvio que, ante el peligro de merma en sus utilidades y las exigencias de sus casas matrices, no dudaría en desfinanciar la economía. 
Se puede conceder que en 2003 la necesidad de recurrir al sector privado para modificar el modelo de acumulación de lo financiero a lo productivo, era un condicionante impuesto por el vaciamiento y destrucción que asoló al Estado. Y que en ese marco, Kirchner apuntó correctamente contra el poder financiero internacional, pero erróneamente consideró desde una óptica simil-desarrollista que simplemente con mayor crecimiento se lograría mayor equidad social, y que en ese orden se debía mantener a ultranza el esquema tradicional donde el Estado se encarga de la infraestructura y los servicios y el sector privado de la producción. Y que en todo caso, lo máximo que se podía pretender -desde esa perspectiva- era la emergencia por impulso oficial de una burguesía nacional que fuera ganándole la correlación de fuerzas al empresariado extranjero que dominaba la economía. Es decir, continuar apostando a la iniciativa privada como motor de la economía y contentarse con alcanzar el ansiado “fifty-fifty”. 
Lo incoherente es que hasta para el explícito objetivo de refundar un capitalismo de libre concurrencia hubiera sido necesario tener un plan de desarrollo para la infraestructura de energía, transporte y comunicaciones, con servicios de calidad crecientes y por último, pero no menos importante, una estrategia de sustitución de importaciones en áreas claves de la producción. Evidentemente, es poco lo que se avanzó en ese sentido, lo que no invalida  todo lo hecho para mejorar las condiciones de vida del pueblo, mucho más que gobiernos anteriores. Lo que no se justifica, es que durante años con crecimiento inédito y adhesión popular no se haya avanzado en articular un plan global para resolver las graves falencias estructurales que hoy son un obstáculo para retomar el crecimiento, lo lidere el sector privado como pretendía el kirchnerismo o un Estado popular. La catástrofe ferroviaria de Once es una cruel metáfora de la estrechez de miras que mina al modelo vigente y que de no modificarse puede invalidar sus mejores intenciones.

Vía muerta o nueva vía
Recién comenzado el año, tres temas sobresalen en el panorama económico político: inflación, paritarias docentes y el primer aniversario de la catástrofe ferroviaria de Once. Aunque distintos y específicos, están intervinculados porque ponen a la vista lo que persiste sin solución, lo que se reproduce de prácticas contractivas contrarias al discurso kirchnerista, y lo que no ha cambiado del legado neoliberal.
Para comenzar, en el caso del aumento de precios que se verificó durante 2012 a pesar de la retracción que experimentó la economía, hay que decir críticamente que el problema de la carestía que intenta ser contenido con acuerdos limitados al segmento de comercialización mayorista-minorista es de dudoso éxito en el mediano plazo. Y es así por dos motivos, porque los aumentos que se verifican en la venta al público son solo el último eslabón de la cadena formadora de precios, que arranca en la gran industria trasnacional que produce el 80% de los alimentos y está directamente vinculada a la presión de los precios externos de los alimentos y al intento de preservar la tasa de ganancia empresaria ante la puja salarial y la merma de la actividad. Es decir, que lejos de poder manejarse mediante acciones voluntaristas, se requieren políticas que ataquen de conjunto los componentes exógenos y endógenos de los aumentos de precios: se debe conjurar la inflación importada mediante crecientes retenciones a los productores de commodities, y sofrenar el factor interno con macro políticas y regulaciones, que impidan que los empresarios trasladen arbitrariamente a los precios los mayores costos de las materias primas exportables y los aumentos salariales que justicieramente reclaman los trabajadores para sostener y aumentar su poder adquisitivo.
Lo cuestionable es que fuera de toda razón durante 2012 el gobierno se aplicó en restar ingresos a los trabajadores, ubicándose de hecho del lado del empresariado en la disputa por apropiarse de la plusvalía, y en 2013 vuelve al mismo método tal como muestra el intento de poner un techo a la paritaria docente. Ni que hablar si ponemos el ojo sobre el 35% de trabajadores en negro o el crecimiento de la subocupación durante el último año, veremos que en estos segmentos se verificó durante 2012 una ampliación de la brecha salarial con los registrados, lo cual los ubicó como la principal variable de ajuste dentro del esquema contractivo que funcionó en la práctica. A lo descripto hay que adosar, en detrimento de los intereses populares, que en el correr del año se produjo una devaluación aproximada del 18% en la paridad cambiaria, y que esta tendencia continúa presionada por el dólar “blue”. La devaluación, huelga explicarlo, es también la manera “ortodoxa” de morigerar la inflación externa y mejorar la competitividad a costa del ingreso popular. Justo lo que pide Mendiguren (UIA).
Al respecto es importante recordar que la elite empresaria obtuvo en la pos-convertibilidad utilidades que superaron largamente las logradas en la etapa menemista. Pero además, la retracción de 2012 no les significó en términos reales pérdida de rentabilidad, ya que justamente utilizaron el incremento de precios como herramienta para sostener sus ganancias. El hecho de que el Ejecutivo haya “dejado hacer” al empresariado y asumido prácticas ajustadoras sobre el salario, posiblemente asustados por amenazas de olas de despidos, terminó siendo  una flagrante contradicción con lo que señala como gran virtud del modelo: el crecimiento de la masa laboral y el mejoramiento creciente del poder adquisitivo del salario como variable determinante de la demanda agregada y por lo tanto motivador de la expansión del mercado interno.
Por último, qué decir sobre el primer aniversario de la catástrofe ferroviaria que enlutó a los argentinos en febrero de 2012. Un acontecimiento vinculado con todas las desviaciones, irresoluciones e inercias señaladas. Una tragedia largamente anunciada por múltiples situaciones menores, no accidentales, sino consecuencia de las carencias estratégicas de un modelo que no atina o no se atreve (lo cual es más preocupante) a desembarazarse de la herencia maldita del neoliberalismo.


 

 

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