Domingo, 26 Marzo 2017


Medidas para superar los límites y disputar el poder PDF Imprimir E-mail

(Editorial de Nuestra Propuesta del 22 de agosto de 2013)

América Latina está atravesando una nueva etapa caracterizada por la ofensiva imperial y sus alianzas con las oligarquías locales. Una etapa en la que se hacen evidentes, y pueden manifestarse con más fuerza aun, los límites de algunos de estos procesos, que tienen que ver con sus ideologías, con su carácter de clase, con el apego que demuestran en la defensa del capitalismo al que buscan matizar como «serio» o «humano» en su caracterización.

El peligro es el déficit acumulado en la construcción de fuerza propia en varios de estos procesos, lo que los hace más sensibles a las presiones del imperio y poco consecuentes para desafiar las relaciones de fuerza existentes.

Será una etapa dura, sumados a los ataques de la derecha no faltarán ni la confusión en el campo popular, ni las defecciones y acuerdos hacia la centro-derecha política en algunos planos gubernamentales. En diversas ocasiones hemos advertido sobre lo peligroso y lo inadecuado que resultaba menospreciar la capacidad de la derecha, más allá de la manifiesta impotencia de sus referentes políticos más visibles, para conformar una representación unificada de la oposición.

Siempre hemos recalcado que, por más amenazantes que aparecieran los conspiradores mediáticos y empresariales, había en realidad una política que coordinaba el entretejido derechista siendo su responsable el imperio por medio de su embajada yanqui en el país.

Como ya sucedió en la última campaña electoral en Venezuela, el rejuntado encolumnado tras la candidatura de Massa sostiene que su objetivo es «mantener lo que se hizo bien y cambiar lo que está mal», difusa propuesta programática e ideológica, que comienza a tomar forma con el discurso de propuestas regresivas neoliberales explicitado por Massa ante los empresarios.

El imperio trabaja fuertemente para articular una alternativa de derecha que ponga freno y dé marcha atrás en las reformas efectuadas, que valoramos, más allá de que tenemos la fuerte convicción de que el gobierno no aprovechó sus momentos más propicios para avanzar en reformas antineoliberales contundentes.

En este sentido, no abrevó en la parte más sustantiva de la tradición keynesiana del peronismo, lo que habría permitido recuperar el patrimonio nacional enajenado por el menemismo neoliberal, recomponer el sistema de transportes, reducir el margen de maniobras especulativas del sector agropecuario mediante instituciones como la Junta Nacional de Granos y la Junta Nacional de Carnes.

No se acotaron las superganancias de los sectores más concentrados, no se controló la fuga de divisas y el papel de los monopolios en la formación de precios que son en gran medida los responsables de la inflación, ni se impulsó una seria reforma impositiva.

Pero al mismo tiempo resulta importante destacar que la Presidenta manifestó que el proceso en curso desde el año 2003 no es un modelo económico, sino un proyecto político con objetivos económicos, sociales y culturales.

Esta es una definición de una gran importancia, ya que habilita un debate positivo -aún pendiente, pese a la exhortación presidencial- acerca de cuáles son los lineamientos programáticos necesarios para avanzar en un proyecto de país liberado de las trabas del neoliberalismo e impulsar medidas y cambios estructurales que, entendemos, deben ser de corte socialista.

Estos cambios y estas medidas, protagonizados por los sectores populares, apuntan a disputar el poder con los grupos monopólicos y los sectores elitistas y conservadores.

 

 

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