En esta columna para Nuestra Propuesta, Rogelio Roldán, dirigente y educador del PC, suma desde el análisis marxista herramientas para comprender mejor y enfrentar con más fuerza los crecientes niveles de explotación contra la clase trabajadora en pleno siglo XXI, donde los avances tecnológicos operan aceleradamente en función del capital concentrado. En tanto que subraya la necesidad de avanzar desde el sindicalismo de liberación en nuestro país para desmantelar “la burocracia que aisla las luchas”.
Las jóvenes promociones de la clase obrera poco y nada conocen del origen de esta fecha -porque se les ha ocultado-, resuelta en 1889 por el Congreso Socialista Internacional, reunido en París, que proclamó al 1° de Mayo como “Día Internacional de Lucha de la Clase Obrera Mundial”. Desde el inicio, desde 1890, los trabajadores argentinos cumplimos nuestra jornada internacional, que es de lucha obrera y NO de “fiesta del trabajo”, NO de conciliación de clases como dicen el Estado, las patronales, la cúpula eclesiástica y la burocracia sindical.
Cuando hablamos de un programa por excelencia de la clase obrera, no resulta ocioso recalcar la vigencia de la misma. Más cuando se agita una serie de seudo-teorías posmodernas y posibilistas, surgidas en la década de los ’90, que anuncian sistemáticamente el fin de la clase obrera y de su rol en la sociedad, afirmación que lleva a negar la lucha de clases.
Sin embargo, la realidad demuestra que la clase no sólo existe, sino que por los avances tecnológicos se transforma y eleva la cuota de plusvalía, esto es de explotación. Dichas “teorías” arguyen que las nuevas tecnologías eliminan la explotación, pues el trabajador “ya no emplea un esfuerzo físico brutal”, y añaden que al “desaparecer” esa explotación, el obrero ha dejado de serlo y hoy es un técnico o un profesional. La verdad es que, cualquiera sea la forma en que se vende la fuerza de trabajo, vestido de overol o de saco y corbata, esa relación sigue existiendo y sigue produciendo plusvalía, ganancia, para la patronal. La tecnología reduce el empleo inclemente de la fuerza física, pero incrementa el esfuerzo intelectual y psicológico -además de la productividad- del trabajador. La explotación cambia de calidad, tomando un carácter de más en más oculto y camuflado, pero sigue siendo explotación.
La clase obrera -entendida como relación social y como cultura- abarca también al universo de desocupados, tele-trabajadores, changarines, jubilados, cuentapropistas, hijos de trabajadores que nunca pudieron ingresar al primer empleo, etc. A ella, en las condiciones actuales del capitalismo neoconservador, se añaden sectores semiproletarios y afines, es decir el sujeto social pueblo, que es cada vez mayor.
Este sujeto social pueblo, con centralidad en la clase obrera, que aspiramos a constituir en bloque político, no es una elaboración teórica, sino un actor real que aprende creando, en la vida misma, sus propias formas históricas de adquirir conciencia y organización; es decir, de crear subjetividad revolucionaria. La metodología de organización y vida política de una fuerza de esta naturaleza debe ser hondamente democrática, participativa e igualitaria, con protagonismo absoluto de la militancia, que es sujeto activo de dicha herramienta y no objeto pasivo de campañas meramente reivindicativas o electoralistas.
Pese a las traiciones de la CGT, hoy asistimos a la multiplicación de luchas obreras. Este fermento de reclamo y movilización es auspicioso, pero aún no rebasa la lógica del conflicto reivindicativo. Así la burocracia cegetista conserva la dirección porque aísla las luchas, y puede hacerlo porque tiene política. La de adaptarse a la relación de fuerzas desfavorable en el marco institucional del sistema -el tipo de organización sindical y la legislación laboral son funcionales a las clases dominantes-, y reproducir la lógica de subordinación, lo que condena a los trabajadores a negociar por lo inmediato y siempre a la baja, de ningún modo cuestionar al capitalismo y su gobernabilidad.
En la subjetividad del mundo del trabajo aún no alcanzamos a asimilar que es un conflicto de clase, político, no social. Lo que está en disputa no es solo el actual desgobierno de ocupación, sino la política del Estado patronal, el poder real y la institucionalidad que lo representa y sostiene. De no verlo corremos peligro de quedar en medio de la interna de diversas fracciones del poder, lo cual puede derivar en que una pueblada tumbe a un figurón para sustituirlo por otro con la misma política y con tiempo a favor.
Por eso necesitamos confrontar desde un proyecto de clase, al que no puedan absorber y nos permita recuperar la iniciativa. Esto es que las luchas asciendan a referencia política de poder popular. Necesitamos, aún no lo comparta algún dirigente sindical de izquierda, rebasar los límites estrictos de la “articulación social”, superar la sumatoria, el “pegote” de reivindicaciones sectoriales estrechas, y construirnos en contraparte real de la lucha clasista.
Asumir una política independiente, expresada en un programa y un plan único de lucha, escalonado y en ascenso, que incorpore, bajo la dirección de la clase, a otros sectores populares afectados por la crisis económica, social y política del capitalismo.
A nuestro entender se trata de construir un proceso de movilización popular para hacer efectivo el NO al capitalismo dependiente y crear las condiciones para que no logre reformularse y sustituirse a sí mismo. Es decir, constituir una alternativa política de poder popular, capaz de decidir en la lucha de clases.
A la par es necesario advertir que solo se reagrupa con iniciativa política en ofensiva y con la organización correspondiente, como ejes de una política de acumulación de fuerzas que permita avanzar hacia la construcción de una alternativa de poder popular antiimperialista, anticapitalista, socialista y comunista.
La experiencia planetaria indica que el bloque político de poder es una categoría de gran complejidad socio-política e ideológico-cultural. Como tal, es un enfoque estratégico, con objetivos históricos, pero con capacidad de realizar su política de manera cotidiana. Dicho concepto exige afirmarse en el rechazo a cualquier reduccionismo simplista, por ejemplo contraponer la lucha social a la lucha política, el electoralismo a toda otra expresión de lucha clasista, el basismo a la dirección política integral de la lucha, la pelea por lograr una reforma importante -como ser, un aumento salarial- con la acumulación de fuerza revolucionaria, etc. Por el contrario, la clase obrera adquiere madurez histórica cuando logra desplegar su propia iniciativa política clasista y, con ella, construirse escenarios favorables para dirigir de manera integral la lucha de clases, poniendo así al estado patronal y todos sus instrumentos (instituciones, leyes, fuerzas represivas, medios de acción psicológica, etc.) a la defensiva.
Cierto es que el desarrollo del capitalismo, en particular por la aplicación intensa de los descubrimientos de la revolución científico técnica, ha generado una segmentación, una fragmentación de la clase obrera, caracterizada por la mayor calificación del trabajador en industrias de punta, de alta tecnología, por el nivel dispar de los salarios, por las modalidades de contratación entre el obrero registrado y los tercerizados, flexibilizados, precarizados y “en negro”, entre otros causales, lo que apunta a heterogeneizar a la clase y este hecho negaría lo real de la depauperización general de la clase.
Pero, vista la caída del socialismo “irreal” del este europeo, la gran patronal monopólica y sus Estados liquidaron el llamado “estado de bienestar” -que fue una respuesta de la crisis del capitalismo ante los logros de los antiguos países socialistas- y ya no les interesa la negociación colectiva ni los acuerdos con la clase, sino que vinieron por todo y su objetivo es liquidar hasta el último vestigio de conquistas laborales y sociales, a eso apunta la “ley” esclavista de reforma laboral. Tan es así que los índices de desigualdad aumentan constantemente a favor del poder concentrado. El capitalismo financiarizado de hoy genera crisis de manera deliberada para concentrar más y más la riqueza y el poder. Sin embargo, no hay que caer en la ilusión de que la crisis por sí sola hundirá al capitalismo como sistema. No, al ser débil todavía la resistencia mundial a este sistema depredador, él genera crisis para debilitar aún más dicha resistencia y fortalecerse. De ahí la necesidad de fortalecer la resistencia y pasar a la ofensiva contra el capital financiero concentrado.
Es útil recurrir a Marx cuando escribió, en los Manuscritos: “El trabajo es exterior al obrero, no pertenece a su esencia, por lo tanto el obrero no se realiza, sino que se niega en su trabajo; no se siente bien, sino desdichado, no desarrolla sus energías físicas e intelectuales libres, sino que desgasta su físico y arruina su intelecto. El obrero se halla fuera del trabajo en sí mismo y fuera de sí en el trabajo. De esta situación imperante en el sistema capitalista se origina la reversión de todos los valores humanos”. De lo que se trata, explica Marx, es de comprender el encadenamiento esencial que liga a la propiedad privada con la acumulación de capital, con la separación entre el trabajo, el capital y la propiedad; entre el cambio y la competencia, el valor y la depreciación del hombre, es decir, el vínculo entre toda esta alienación con el sistema del dinero.
Con esto explica que el obrero se vuelve tanto más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece en volumen y en poder su producción. La depreciación del mundo de los hombres aumenta en razón directa al incremento del mundo de las cosas. El trabajo del obrero produce no solo mercancías, se produce a sí mismo y produce al obrero como mercancía.
O sea que el objeto que el trabajador produce, su producto, lo enfrenta como un “ser extraño, como un poder independiente del productor” (subrayado de Marx). Esto es la objetivación del trabajo, la pérdida de realidad del obrero, la servidumbre al objeto (producto), esto es la alienación como desapropiamiento. Dice Don Carlos: “La realización del trabajo revela ser una pérdida de realidad a tal punto, que el obrero pierde su realidad hasta morir de hambre”. El obrero, mientras más objetos produce, menos puede poseer y más cae bajo la dominación de su producto: el capital. Esto es así porque el proceso productivo capitalista pone al obrero, con respecto al producto de su trabajo, igual que frente a un objeto extraño, lo desapropia. Hoy, en los inicios del tercer milenio, a esta cruda realidad se le añade el problema del no-trabajo, de la desocupación y exclusión ocasionada por el capitalismo neoconservador, que potencia a niveles inéditos la enajenación, la distorsión y la pérdida de valores humanos.
Hoy por mucha calificación que se tenga no hay ninguna seguridad de mantenerse en el llamado “mercado laboral”, incluso en las empresas de mayor productividad y ganancia comercial, puesto que las patronales trasnacionales las trasladan a los países llamados “emergentes”, es decir dependientes y subdesarrollados, donde la legislación, si es que la hay, de gobiernos lacayos les es más favorable y la mano de obra es más barata. Mano de obra que tienen que calificar para sus innovaciones tecnológicas, pero que lo hacen capacitando a sus obreros en un solo momento del proceso productivo, de ningún modo les permiten acceder al conocimiento de todo ese proceso.
Estos cambios objetivos en la configuración de la propia clase, además de la polarización social ocasionada por la política de extractivismo y expoliación del patrimonio nacional y empobrecimiento del pueblo, afirman su rol social, que depende no de la cantidad de trabajadores en la estructura productiva, ni de las formas organizativas de la producción capitalista, sino de su ideología y su política como tal. La lucha de clases a nivel mundial de la actualidad, evidencia que la clase obrera eleva su capacidad de lucha e impregna el panorama político general.
La esencia del papel de la clase es la idea de establecer un poder proletario, de nuevo tipo, democrático por naturaleza. El pueblo trabajador debe utilizar su dominio político para arrancar a la burguesía explotadora todo el capital, concentrar los medios de producción -la tierra y las fábricas- en sus manos, y abrir posibilidades al desarrollo de las fuerzas productivas sociales -la clase obrera, las herramientas e instrumentos de producción y las técnicas productivas- hasta alcanzar la sociedad sin clases, la sociedad comunista. Esto tomando todas las medidas de prevención para descartar las consecuencias negativas sobre el ecosistema que causa el desarrollo de las fuerzas productivas en los marcos del capitalismo depredador.
No habrá cambios sociales revolucionarios sin el poder político para imponérselos a las clases dominantes, que los resistirán, que no resignarán sus privilegios tranquila y pacíficamente. Vaya de muestra la dictadura cívico-militar genocida de 1976 a 1983. Ante el desarrollo político de los trabajadores, del movimiento estudiantil y de otras fuerzas sociales revolucionarizadas, las clases dominantes no vacilaron en dar un golpe preventivo e instaurar el terrorismo de Estado para desaparecer a treinta mil compañeros, encarcelar a varios miles, entregar el patrimonio nacional e instalar el capitalismo neoconservador. Como varias veces en la historia argentina, no trepidaron en utilizar clandestinamente toda la fuerza del aparato burocrático-militar del Estado para cometer un genocidio que “resolviera” las agudas contradicciones y “salvara” al capitalismo local.
Creo que este 1° de Mayo debe ser de gran masividad para imponerle a la burocracia y a los tibios y posibilistas la necesidad de parar el país hasta tumbar al desgobierno cipayo, a la par de ocupar todos los instrumentos de la burocracia estatal para que no vuelvan los mismos de siempre, e incluso otros peores.