En las vísperas de la semifinal del Mundial 2026, Javier Milei volvió a subordinar la política nacional a intereses extranjeros. En acuerdo con la FIFA y las autoridades federales de Estados Unidos, el gobierno argentino prohibió a sus hinchas acudir al estadio con símbolos y referencias a las Malvinas allí donde se juega el partido con Inglaterra, en Atlanta.
En las vísperas del partido entre Argentina e Inglaterra por la semifinal del mundial de fútbol, el gobierno argentino de Javier Milei volvió a hacer gala de su entreguismo y de su vocación constante por traicionar a la patria, al desistir —una vez más, como lo viene haciendo sistemáticamente cada 2 de abril desde 2024— de sostener el reclamo de soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. No hay ni que decir que no se trata de un hecho aislado ni de una decisión meramente administrativa en el marco de un evento deportivo internacional, sino de una expresión más de una política exterior alineada con las potencias imperialistas, que convierte incluso un partido de fútbol —que, ciertamente, es mucho más que un cotejo deportivo— en un espacio de disciplinamiento político y simbólico. Las afinidades con el gobierno porteño de Jorge Macri, que valló la 9 de Julio y en días anteriores reprimió a los hinchas argentinos que se acercaron al obelisco para festejar la victoria frente a Egipto y Suiza, son más que evidentes. Ahora, el enfrentamiento con Inglaterra, cargado de historia, memoria y sentido nacional, busca ser vaciado deliberadamente de su contenido político por un gobierno que renuncia a ejercer la defensa de la soberanía y, al hacerlo, no hace más que confirmar la trascendencia del encuentro y, más importante, de confirmar su política proimperialista.
En efecto, la decisión de impedir el ingreso de banderas o mensajes vinculados a Malvinas en el estadio sintetiza esta orientación. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, confirmó ayer que funcionarios argentinos acordaron con representantes de la FIFA, el FBI y las policías de Estados Unidos e Inglaterra un protocolo que prohíbe cualquier expresión considerada “provocativa”. En ese marco, sostuvo que “banderas con las Malvinas es contenido político” por lo que los argentinos “no pueden ingresar banderas con contenido político”. La equiparación del reclamo soberano con un “mensaje de odio” o una provocación constituye una claudicación política de enorme gravedad. Y tiene su antecedente en la prohibición para exhibir la bandera palestina en los estadios, debido a las presiones de Israel. En el caso del partido contra Inglaterra, el gobierno nacional no solo renuncia a defender una causa nacional, popular y antiimperialista, sino que se la criminaliza, alineándose con la narrativa británica que pretende clausurar el debate sobre la ocupación colonial del archipiélago.
Este posicionamiento oficial no puede desligarse del conjunto de la política del gobierno de Milei, caracterizada por un alineamiento automático con los intereses de las potencias occidentales, particularmente Estados Unidos y Gran Bretaña. Vale recordar que la figura de Margaret Thatcher ocupa un lugar central como referencia política y moral para el propio presidente. Thatcher, responsable directa de la conducción británica durante la guerra de 1982, fue una criminal de guerra que no dudó en hundir el ARA General Belgrano cuando se encontraba en zona de exclusión y en dirección contraria al espacio de combate. Al mismo tiempo, su legado interno quedó vinculado con la ofensiva neoliberal más brutal contra la clase trabajadora inglesa, desmantelando derechos y consolidando un modelo de explotación que luego sería exportado globalmente. La reivindicación de esa figura por parte de Milei es una definición ideológica coherente con su programa económico y su política exterior.
La prohibición de las banderas de Malvinas en un partido de fútbol no es, por lo tanto, una cuestión de protocolo deportivo. Antes bien se presenta como el síntoma de una política más profunda de renuncia a la soberanía. Hay que recordar que la reivindicación de las Islas Malvinas no solo está consagrada en la Constitución Nacional, sino que por adquirió el carácter de una obligación histórica y moral por parte del Estado y el pueblo para con los combatientes que, en una guerra promovida por la última dictadura militar con la que intentó en vano lavar su imagen criminal y vendepatria, dieron su vida heroicamente para defender la soberanía nacional frente a una potencia imperialista y colonialista como Gran Bretaña. Despojar a ese reclamo de su legitimidad, reducirlo a una consigna inconveniente o directamente prohibir su expresión pública implica desconocer esa historia y vaciar de contenido la memoria colectiva del pueblo argentino.
El contexto del Mundial 2026, disputado en Estados Unidos y atravesado por una creciente mercantilización del fútbol, con una pausa de “hidratación” —que debería llamarse “de publicidad”— que altera el espíritu del juego, ofrece el escenario ideal para este tipo de operaciones. La FIFA, en su rol de garante del negocio global, impone condiciones que privilegian la neutralización de cualquier conflicto político que pueda afectar la rentabilidad del espectáculo. Rentabilidad que, como juzgó la FIFA, parece no correr en peligro cuando entregó el tan oprobioso como patético premio “FIFA de la Paz” al genocida de Donald Trump, para sanar las heridas narcisistas que la academia sueca generó en el mandatario cuando se lo entregó a la fascista venezolana María Corina Machado.
El partido entre Argentina e Inglaterra, históricamente cargado de significación política, vuelve a poner en escena la disputa por el sentido de la popular. Desde el gol de Maradona en 1986, vivido por el pueblo como una revancha simbólica frente a la derrota militar, hasta las múltiples expresiones populares que han reivindicado Malvinas en cada enfrentamiento deportivo, el fútbol ha sido un espacio donde se condensan tensiones históricas profundas, y se ha convertido también en una fuerza aglutinadora y difusora de energías antiimperialistas. En la antesala de un partido que condensa décadas de historia, el mensaje del gobierno nacional es claro: para Milei, su deuda y ligazón es con los piratas. Para el pueblo argentino, en cambio, Malvinas es una causa nacional y latinoamericana.