En el marco del 44 aniversario de la guerra en las Islas Malvinas, el historiador Emiliano Guevara analiza el contexto global y su impacto en el Atlántico Sur. Al tiempo que denuncia la política internacional del gobierno argentino, mediante la cual se profundiza la dependencia neocolonial de nuestro país.
«Cuando sufren una derrota, los hombres extraen experiencias de la derrota misma, cambian sus ideas y las hacen concordar con las leyes del mundo exterior; entonces pueden transformar su derrota en victoria». Mao Tse-Tung.
A propósito de una nueva conmemoración del Día del Veterano y de los caídos en Malvinas, siempre es bueno pensar y repensar lo ocurrido entre abril y junio de 1982, sobre qué lecciones nos deja la Guerra de aquel año. Aquella derrota tanto diplomática como bélica frente al Reino Unido nos ha dejado enseñanzas, que si las combinamos con un entendimiento de cuál es la situación concreta en el Atlántico Sur en la actualidad, y con la voluntad de construir un país soberano, eso nos permitiría pensar en escenarios en que podamos recuperar las Islas.
El Atlántico Sur hoy
Las Islas Malvinas hoy son un lugar clave en la estrategia británica, ratificada en la última Strategic Defense Review del año pasado. Allí señala su Ministerio de Defensa la importancia de sostener sus intereses en los territorios de ultramar, dentro del cual clasifican a nuestras islas. En Monte Agradable cuentan con una base de las tres armas con alrededor de mil efectivos y un personal civil que se calcula del mismo número. Esta base es fundamental para el control del pasaje biocéanico por el extremo sur de nuestro continente y la proyección británica hacia la Antártida (y su pretensión sobre territorio argentino).
La economía de las islas hoy se basa en el turismo, la pesca y la exploración y próxima explotación petrolera. La prensa gallega calcula que sus barcos, con licencias del gobierno pirata y vulnerando nuestra Zona Económica Exclusiva, extrajeron alrededor de 56.000 toneladas de calamar el año pasado. Asimismo, la empresa israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper estiman inversiones para comenzar a extraer petróleo en 2028 de la Cuenca Malvinas Norte, con una producción estimada de 55.000 barriles diarios.
Del lado continental, Ushuaia es hoy escenario de una nueva entrega de soberanía por parte del gobierno de Javier Milei. Al estancamiento de las obras en la Base Naval Integrada y del Polo Logístico Antártico (dentro de un plan general de crear un enclave de defensa pero también de servicios para los buques civiles y militares para hacer de la capital fueguina la puerta de entrada a la Antártida), la intervención sobre el puerto (de jurisdicción provincial) y las sucesivas visitas tanto de los últimos dos Comandantes del Comando Sur estadounidense como de Representantes del Congreso el último mes, alientan la perspectiva de que el gobierno nacional está negociando la entrega a los Estados Unidos de un espacio clave para la proyección antártica argentina. Junto con esos contactos, se sugirió la promesa del gobierno argentino de la entrega de la base de Ushuaia para formar parte de la flamante Junta de Paz creada por Donald Trump.
Las lecciones de la guerra
La guerra de 1982 dejó varias lecciones de política exterior. Una, la más evidente, que la sumisión y alineamiento a los intereses estadounidenses no redundan en una ayuda estadounidense para que la Argentina recupere el control soberano de las islas del Atlántico Sur que hoy mantiene de facto Gran Bretaña. Galtieri genuinamente creía en esa posibilidad, al punto que él vivió como una traición la posición estadounidense en contra de la Argentina en aquella ocasión. Hoy los voceros oficialistas deslizan la misma idea. La contrapartida de aquel momento fue que muchísimos países de América Latina brindaron su solidaridad activa con nuestro país, ofreciendo ayuda militar y diplomática, demostrando que Malvinas es una causa regional. Entre los que brindaron su apoyo se encuentran Venezuela y Cuba, países hoy hostigados criminalmente por Estados Unidos, estrategia que el gobierno argentino celebra.
Otra también fue la imposibilidad de mantener la línea de suministros de armas de la OTAN (fundamentalmente Francia) para atacar a otro país de la OTAN. En el transcurso de la guerra fue letal para Gran Bretaña el uso de los aviones Super Étendard y los misiles Exocet, empleados por la Marina y que destruyeron embarcaciones británicas clave (Argentina había encargado catorce unidades de las que recibió cinco antes de la guerra, y en medio del conflicto Francia cortó el suministro de las otras unidades que debían llegar para mediados de 1982). Con mucha coherencia, el gobierno de Milei promocionó como un triunfo la compra de aviones caza F-16 estadounidenses de segunda mano (adquiridas a Dinamarca poco antes de su desguace). Para acentuar esta dependencia, también se llevó adelante la compra de equipamiento de helicópteros Black Hawk y blindados Stryker a EE.UU.
El contraste con Brasil es evidente. Mientras el gobierno de Lula presenta la producción de sus propios aviones caza F-39E Gripen, se plantea la construcción de misiles supersónicos y se junta con Sudáfrica para pensar en conjunto la seguridad y defensa del Atlántico Sur, Milei se reúne con Trump y otros presidentes del continente para firmar el lanzamiento del Escudo de las Américas, una iniciativa para alinear a las fuerzas armadas de los países de la región en el combate al narcotráfico, que es la hipótesis de conflicto que Washington pretende para nuestras fuerzas armadas, para que no piensen en la defensa de sus intereses, y como en nuestro caso, en la recuperación de parte de nuestro territorio hoy en manos británicas.
El legado de los héroes de Malvinas
Reivindicar la entrega de los combatientes de aquella guerra y hacer que su esfuerzo y su sangre derramada no hayan sido en vano es recuperar atribuciones y condiciones de soberanía. Es construir una agenda que incluya la diplomacia, la defensa y la economía de forma autónoma y no tutelada para que vuelva a flamear la bandera de Belgrano en las islas.