Hace 65 años, en Playa Girón, el pueblo y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba frenaron al Imperio, que todavía persiste en su obsesión por acabar con el ejemplo de dignidad de la Isla rebelde. En este contexto, Norberto Galiotti, Coordinador General de la Red Continental de Solidaridad con Cuba y las Causas Justas, reflexiona sobre las herramientas que utiliza EE.UU. para avanzar en su proyecto de dominación.
El domingo se cumplieron 65 años del fallido intento de invasión perpetrado por Estados Unidos en Bahía de Cochinos y, en ese marco, el presidente Miguel Díaz-Canel advirtió sobre la agudización de la “escalada de amenazas”, que incluyen “pretensiones de agresión militar” por parte de Washington. Aunque hizo hincapié en que su país jamás va a ser “un trofeo ni una estrella más de la constelación estadounidense”. En esa línea, señaló que al bloqueo energético impuesto desde enero se suman declaraciones de la élite gubernamental norteamericana que refuerzan un escenario de agresión.
Los dichos del mandatario cubano nada tienen de caprichosos. Casi en simultáneo a ellos, el presidente estadounidense, Donald Trump, volvió a vanagloriarse del secuestro de Nicolás Maduro y amenazó con que “se viene un nuevo amanecer para Cuba”.
Ante este escenario, Díaz-Canel puso el acento en que “resistir los embates de las invasiones cotidianas es la épica que escribimos hoy” y reivindicó el carácter socialista de la Revolución como “garantía del futuro”. La referencia remite directamente a los hechos ocurridos entre el 15 y el 19 de abril de 1961, cuando unos 1.400 mercenarios entrenados y financiados por Estados Unidos desembarcaron en Bahía de Cochinos con el objetivo de derrocar al gobierno liderado por Fidel Castro. La derrota de esa invasión no solo marcó un hito militar, sino que consolidó un horizonte político que, más de seis décadas después, continúa siendo blanco de la ofensiva estadounidense.
Lejos de constituir un hecho aislado, Playa Girón forma parte de una estrategia más amplia de la intervención imperialista en América Latina. Para el Coordinador General de la Red Continental de Solidaridad con Cuba, Norberto “Champa” Galiotti, resulta imposible comprender los procesos políticos de la región —incluido el terrorismo de Estado en Argentina— por fuera de esa lógica. “El Plan Cóndor es una profundización de la Doctrina Monroe”, sostuvo, y lo vinculó directamente con la ofensiva desplegada por Estados Unidos a fines de los años sesenta, cuando la administración de Richard Nixon buscó evitar “otro ejemplo como Cuba” en Nuestra América.
En esa línea, Galiotti explicó que el diseño de estas políticas combinó intervención política, mediática y militar. Ante la inminente victoria de Salvador Allende en Chile, sectores conservadores solicitaron apoyo a Washington, recordó. Aquello derivó en operaciones de desestabilización articuladas con la CIA en todo el continente, a las que se les sumó la acción de grupos como la llamada Operación 40, integrada por exiliados cubanos formados en estructuras militares estadounidenses, que actuaron en distintos países en coordinación con agencias de inteligencia locales.
“La Operación 40 y el Plan Cóndor explican la esencia de la política de Estados Unidos hacia el Cono Sur”, afirmó, remarcando que su objetivo central fue el de impedir el avance de procesos revolucionarios y, en particular, combatir a los partidos comunistas.
En el caso argentino, Galiotti trazó una línea entre esa trama y el accionar previo y posterior al golpe de 1976. De esta manera, recalcó que organizaciones como la Triple A y centros clandestinos como Automotores Orletti formaron parte de ese dispositivo regional, en el que también participaron actores vinculados a la llamada “mafia cubano-americana” radicada en Miami. “El Plan Cóndor fue ideado en Washington con el objetivo de luchar contra el comunismo en nuestra región”, sintetizó.
Esa lógica, alertó, no pertenece exclusivamente al pasado. Por el contrario, se ha reconfigurado en nuevas formas de intervención. “Hoy hay otros instrumentos: medios de comunicación, redes digitales, las llamadas ‘revoluciones de colores’ o agencias como la USAID, pero la lógica es la misma”, reafirmó. Dentro de la cual mencionó el papel persistente de las embajadas y los servicios de inteligencia en la definición de la política regional.
En ese marco, el dirigente de la solidaridad internacional con Cuba sostuvo que la historia de los golpes de Estado en América Latina debe entenderse como un proceso continuo: “No es una fotografía, sino la continuidad de la lucha del imperialismo contra los pueblos”. Desde esa perspectiva, la conmemoración de hechos como Playa Girón o el 24 de marzo en Argentina no puede reducirse a una dimensión conmemorativa, sino que los aniversarios de estas fechas obligan a hacer una lectura política del presente.
La actual coyuntura, atravesada por la crisis global de Estados Unidos y su renovado interés en América Latina, por medio del Corolario Trump a la Doctrina Monroe, refuerza esa interpretación. Según Galiotti, Washington busca reposicionarse en al sur del Río Bravo ante la pérdida de influencia en otros escenarios, lo que explica tanto las presiones sobre Cuba como el respaldo a gobiernos alineados con sus intereses, como hoy sucede explícitamente en nuestro país.
“Para Estados Unidos, la lucha sigue siendo contra todo proyecto que apunte al socialismo”, opinó. Y concluyó que por eso “la disputa no es sólo por la defensa de los derechos humanos, sino por nuestra soberanía: la lucha sigue siendo por libertad o dependencia”.